El 11-S, diez años después (El Pais, 11 septembre 2011)

logo el paisDiez años después, ¿en qué punto nos encontramos?

Al Qaeda aún no está muerta, por supuesto.

Del Sahel a Yemen, de Nigeria a Uzbekistán, o en el Cáucaso, el cáncer terrorista no deja de metastatizarse.

Desgraciadamente, en Afganistán, los talibanes, que eran su ejército de reserva más numeroso, progresan también aprovechando la retirada anunciada por los occidentales.

Los grupos yihadistas paquistaníes que investigué en 2002 y 2003, Jahis-e-Mohamed, Lashkar-e-Toiba, Lashkar-e-Jhangvi y otros, que entonces se coaligaron en torno a la muerte de Daniel Pearl, siguen prosperando, y no solo en las zonas tribales del país, sino en Karachi e Islamabad.

Y nada nos dice que en este preciso instante, en el momento en que escribo estas líneas, un nuevo Jálid Sheij Mohámed, el arquitecto del ataque de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York, no esté preparando otro golpe de un nuevo estilo, una especie de ataque aniversario, igual de mortífero.

Pero lo cierto es que esa no es la tendencia de fondo, la verdadera, y que, si hacemos un balance honesto de estos 10 años de lucha contra Al Qaeda y sus sucursales, dentro y fuera del mundo arábigo-musulmán, tenemos que reconocer que, si no en desbandada, los asesinos están en serio retroceso.

Está la muerte de Bin Laden, que, digan lo que digan de la estructura descentralizada de la organización, de su red de franquicias, ha sido un golpe muy duro para ella.

Está la cuestión paquistaní, que, lo repito, está lejos de haber sido resuelta, pero, al fin, ha quedado planteada y, en cierto modo, eso era lo esencial: qué diferencia con los años de Bush, en los que había quien se obstinaba en tratar como Estado aliado, o incluso amigo, al más canalla de los Estados canalla, al que daba cobijo a los cerebros de la organización, la base de la Base, su base de retaguardia, su base de masas, su base política, ideológica, económica, financiera.

Está el trabajo de los grandes servicios secretos occidentales y árabes, que, como un día sabremos, a lo largo de toda la década han venido desbaratando codo con codo algunos intentos de reedición de la tragedia que hoy se conmemora en Nueva York y en el resto del mundo, con sus casi tres mil víctimas (incluyendo a los heroicos bomberos de la ciudad).

Está el mundo arábigo-musulmán, cuyos titubeos, por no decir cobardías, ya han sido bastante fustigados como para no saludar ahora la toma de conciencia de la que está siendo escenario. Todo comenzó con los facebookers de Túnez y El Cairo, que descubrieron que había otra solución para la juventud del país, que no la confrontación aterradora y, en el fondo, cómplice, de la dictadura y la yihad: ¿qué es eso que ha dado en llamarse « primavera árabe », sino -según la hipótesis más pesimista- la reducción del yihadismo al rango de una ideología entre muchas, de una ideología perdida entre las demás, marginada y, lo que es más importante, privada del aura de la que disfrutaba cuando pretendía valerse de todo el prestigio que traen de la mano la radicalidad, la audacia y el monopolio de la oposición a las dictaduras de turno? Y continuó con los rebeldes de Bengasi, que descubrieron con estupor el rostro de un Occidente del que, según habían oído desde pequeños, solo podían esperar que les chupase la sangre y, de pronto, les tendía la mano, los salvaba de una masacre anunciada y los ayudaba a liberarse de un yugo que ellos asumían como invencible: creo que la guerra de Libia es el primer golpe -y un golpe probablemente fatal- contra esa idea del « choque de civilizaciones » que, antes de ser norteamericana, fue una idea de los Locos de Dios y, a partir de ahí, el terreno, el caldo de cultivo, la argamasa de sus organizaciones terroristas. Por esta razón la considero como una antiguerra de Irak, lo contrario de esa especie de castigo colectivo, de réplica, que quería ser también la guerra estadounidense en Bagdad, así como un acontecimiento decisivo en términos históricos.

Finalmente, y por consiguiente, está el hecho de que la parte que aún sobrevive de esa internacional del terror aparece cada vez más, incluso a ojos de aquellos a quienes debería seducir y enrolar, como lo que siempre ha sido -aunque lo fuese en secreto-: una organización criminal, un gang, la mayoría de cuyas víctimas se cuenta, hasta nueva orden, entre los mismos musulmanes, y cuyos padrinos nunca vieron el islam de otro modo que como una coartada, un instrumento de reclutamiento y de poder, una tapadera… ¡Que la vergüenza caiga sobre ellos! Esta nueva lucidez representa un progreso decisivo, pues un gang, por poderoso que sea, ya no puede aspirar a ese estatus mágico de Gran Organización que ofrece un proyecto de civilización alternativo a unos pueblos crédulos, drogados por la sumisión…

No digo que la partida haya terminado, sino que ha cambiado de naturaleza. Y que ahora tenemos los medios y el valor necesario para librar esta batalla, esta operación policial planetaria que va a consistir en aislar cada vez más los últimos focos del terror; y lo haremos juntos: los moderados del mundo arábigo-musulmán aliados con los occidentales. Al Qaeda ha perdido. –

Traducción: José Luis Sánchez-Silva


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