Le Pen contra Le Pen, de B.H. Lévy – El Pais 28/03/2010

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En el fondo, la segunda vuelta de las elecciones regionales francesas sólo ha dejado un acontecimiento destacable.
Por supuesto, también la clamorosa victoria de la izquierda capitaneada por Martine Aubry.

Y la derrota de Sarkozy, Fillon y sus 20 ministros.

Y un índice de abstención apenas menos indecente que el domingo anterior.

Pero acontecimientos serios, reales, acontecimientos seria y realmente dignos de ese nombre, acontecimientos de los que quepa predecir hoy que ya son portadores de cierto futuro, lamentablemente, sólo ha habido uno, y es el retorno al primer plano de un partido al que creíamos muerto o, en todo caso, moribundo: el Frente Nacional de Jean-Marie y, ahora, Marine Le Pen.

Tres razones explican tal acontecimiento.

En primer lugar, un teorema que creíamos archiestablecido desde los años ochenta, pero cuya fórmula parecemos haber perdido por el camino: entre el original y la copia, los electores -aquí como en todas partes- escogen siempre el original. Hace tres años, en el momento de su elección como presidente, Sarkozy creyó poder cazar en el coto del FN. Para ganar, le pareció astuto hacer lepenismo sin Le Pen, y sin creer en él. Víctima de la misma clase de ceguera que quienes se creen propietarios de sus votos y rastrean el campo electoral para optimizar su rendimiento, Sarkozy pretendió « canalizar », por no decir « escamotear », los votos de un Frente reducido al papel de ejército de reserva electoral. Lamentable. Los electores no son agua sucia. Ni siquiera los del Frente. Los pueblos, aun poseídos por la fiebre populista, no son un torrente informe al que un Maestro de los Discursos pueda encauzar o desviar a su antojo. Y, como esa clase de gran ilusión nunca dura más de lo que duran los estados de gracia, los electores, hoy, recuperan su libertad, y entre el verdadero discurso y ese otro del que no han dejado de escuchar que sólo había sido pronunciado para llevarlos al huerto, tienen todos los motivos para optar por el primero.

Después, una verdad muy simple de la que, tras dos décadas de experiencia, deberíamos ser conscientes, pero que parece haber olvidado, tanto a derecha como a izquierda, buena parte de la clase política: el problema con el FN no son sólo las gentes, también las ideas; no son sólo las respuestas, también las preguntas; ni siquiera son sólo las preguntas, también los miedos, o los fantasmas, que esas preguntas expresan y liberan; y a base de ignorar demasiado esta evidencia, a base de darle demasiadas vueltas a las buenas preguntas, que se supone desvirtúa el pérfido FN con sus malas respuestas, a base de tener demasiado en cuenta el mensaje que vehiculan los votos ansiosos de los partidarios de Jean-Marie Le Pen, corremos el riesgo de banalizar, legitimar y, por tanto, sobreexcitar toda una serie de reflejos que la función misma de la mediación democrática debería inhibir. Es lo que hizo el ministro Eric Besson al lanzar su debate sobre una « identidad nacional » cuyo solo enunciado invocaba ya a los espectros del extremismo. Es lo que hizo también Georges Frêche, candidato en Languedoc, al deplorar, en nombre de la « franqueza », el número de jugadores de color que hay en el seno de la selección francesa de fútbol. Y es lo que hicieron, finalmente, ciertos responsables socialistas al tomar, entre ambas vueltas, el camino de Montpellier para intentar ser consagrados por la última figura de lo que otros, desde la dirección de su partido, no han dudado en llamar « nueva tentación doriotista » -en alusión al colaboracionista Jacques Doriot-. En cada caso, la política pierde su honor. En cada caso, los puntos de referencia se confunden todavía un poco más. Y, en cada caso, es como un permiso para votar expedido a aquellos que, en el electorado popular de ambos campos, se sienten tentados por la transgresión FN.

Y para terminar, la tercera razón de este inquietante resultado (17% de media en las 12 regiones en las que el Frente Nacional aún se mantenía) obedece al nuevo aliento que el partido de extrema derecha ha sabido darse y que en una década ha conseguido transformarlo. La autora de esta transformación se llama Marine Le Pen. Ella es quien, suavizando la imagen del partido, moderando el antiguo discurso, contando desde hace años a todo aquel que quería escucharla su infancia de pobre « hija de » que carga con un apellido maldito; confiando a uno sus comienzos de joven abogada defensora de los « sin papeles », pues los-pobres-diablos-no-son-responsables-de-los-crímenes-del-sistema, a otro su pasión por una República -e incluso por un laicismo- sacrificada por un establishment político ganado por las tesis comunitaristas, y a un tercero que no cree que las cámaras de gas sean un « detalle » de la historia de la Segunda Guerra Mundial, es ella, digo, quien ha inventado esta extrema derecha de rostro más humano que desaprueba las exageraciones del viejo jefe, al que, delicada, pero firmemente, empuja hacia la salida. ¡Ah, la terrible sonrisa de la joven a la que Michel Field preguntaba, al final de la noche, si no temía que el éxito diera alas a su viejo padre! Ese aire de ferocidad parricida que no osaré calificar de « shakespeariano » para no mancillar un nombre tan grande, sin embargo, decía bien a las claras que el tiempo de los dinosaurios ha pasado y que en lo sucesivo hay que contar con la joven guardia para hacer del FN un partido respetable. En la familia Le Pen, Marine es más peligrosa que Jean-Marie. En la historia del FN se ha producido el relevo decisivo que transformará la organización facciosa de antaño en un posible partido de gobierno. Y a esto es a lo que hemos llegado. Y mucho me temo que ésta sea una lección de alcance nacional.

Bernard-Henri-Levy

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.


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