¿Quién se llevará el gato al agua ? El Pais, 22/11/2009

logo el paisLa paradoja es monumental.
Y, vista desde aquí, desde Nueva York, y en los pocos periódicos que aún se interesan por mi país, raya en lo grotesco.

Por un lado, nos hablan de la identidad francesa en peligro.

Tenemos un ministro de la identidad nacional y la inmigración (¡ah! esa y… Por más tiempo que pase, no consigo ver en esa y, en esa cópula entre identidad e inmigración, otra cosa que una canallada) que, como si la patria estuviera en peligro, como si hubiese fuego en la casa de la Identidad, le ha encargado al cuerpo prefectoral la organización de un gran debate, unos Estados Generales, sobre los valores fundadores de la dulce Francia, que cantara Charles Trenet.

Y he aquí que un diputado, enardecido por el clima que se ha creado, se precipita por la brecha abierta por el ministro y, confundiendo, de paso, el premio Goncourt con la Legión de Honor, reprende a una escritora por una entrevista que él considera perjudicial para la « imagen del país » y la exhorta a un « deber de reserva » que, según él, debería exigirse a todos los galardonados de los certámenes literarios (por más vueltas que le doy al problema, llego a una misma conclusión: no sólo el diputado es tonto, sino que no veo una función más noble para un gran premio que permitir, precisamente, que quien lo recibe alce la voz, que se sirva de esa distinción como de un megáfono suplementario y se salte, precisamente, todos los deberes de reserva que le imponía su situación anterior…).

Ahora bien, al mismo tiempo, y mientras esa cuadrilla entretiene a la galería con su lamentable debate; mientras, a izquierda y derecha, todos hacen gala de su bonhomía y proclaman a bombo y platillo la firmeza de su patriotismo; mientras nos repiten, de un extremo al otro del arco político, la canción vieja e hipócrita de la cuestión-que-no-hay-que-abandonar-en-manos-del-Frente-Nacional, hay una identidad que corre verdadero peligro y es la europea, de lo cual -según la clásica lógica de la carta robada (Poe) o no reclamada (Melville), según el principio imperecedero de que no hay nada mejor que desviar la atención, que un lapsus bien articulado o, simplemente, una nube de tinta, para ocultar una cuestión embarazosa- nadie parece darse por enterado.

Yo no dudo de las cualidades de quienes se sometieron el pasado jueves al sufragio de los 27 jefes de Estado y de Gobierno encargados de elegir a su presidente.

Pero dudo del modo de designación: a escondidas, opaco, sin una presentación de los candidatos.

Dudo de los poderes a los que el nuevo presidente, cuya legitimidad se ha menoscabado de antemano, podrá recurrir cuando se trate de frenar las ambiciones rusas en Georgia y Ucrania, o de hacer avanzar el problema del clima.

Lo que tampoco deja lugar a dudas, en cambio, es cómo se ha puesto en marcha la penosa máquina de perder elecciones: apartando a los mejores, dejando que se lleven el gato al agua los más mediocres, los más insignificantes, los que menos sombra hacen a los jefes de Gobierno y de Estado, siempre dispuestos a enseñar las uñas desde sus bastiones nacionales. El efecto mecánico es que la construcción europea se ve privada, en esta hora crítica de su historia, de sus defensores más emblemáticos y, a veces, más entusiastas (¡ah! Tony Blair… Jacques Delors… y, sobre todo, Felipe González…).

Mi generación alimentó la ilusión de una Europa inevitable que, como se suponía que iba en el « sentido de la Historia », se haría realidad pasase lo que pasase.

Alimentó la idea -progresista, literalmente progresista, aunque se tratase de un progresismo liberal- de que Europa se construiría sola, a la chita callando, sin que sus súbditos se diesen cuenta ni, aún menos, se tomasen la menor molestia al respecto.

Esa ilusión acaba de saltar hecha añicos.

El sueño de una Europa fácil se ha desvanecido.

Lo que está a la orden del día es, queramoslo o no, el desmoronamiento, el agotamiento y, pronto, el desmantelamiento de un proyecto que tenía en su haber nada menos que una victoria sobre el fascismo (España, Grecia, Portugal) y otra sobre el totalitarismo (la liberación de las naciones constitutivas de lo que Kundera llamó en su momento la « Europa cautiva »), por no hablar de su prodigiosa capacidad para fomentar la paz entre unos enemigos que creíamos hereditarios (Francia y Alemania).

Y en este punto, hay que escoger.

O hacemos callar al ministro de la Identidad nacional, el señor Eric Besson, o enterramos definitivamente a Europa.

O consentimos el divertimento nacionalista o renunciamos al hermoso proyecto de ese nuevo objeto político, de esa quimera institucional e ideológica que era la construcción europea.

Lo que no podemos es hacer las dos cosas: abrir un debate inútil sobre una identidad cuya salud -como todos sabemos- no es peor hoy que hace diez, veinte o treinta años, y alimentar, reavivar, impulsar otro debate, este vital, sobre una Europa que cada vez sabe menos lo que es, lo que quiere y lo que puede esperar.

Hoy por hoy, y en lo que se refiere a estos asuntos, sólo hay dos formas de plantearse el futuro y se excluyen entre sí. Reconciliarse con la tierra « que no engaña », volver a echar raíces entre los muertos o, como decía Kleist en el célebre pasaje que Heidegger comenta en De camino al habla, decidir eclipsarse ante quienes aún no están aquí e « inclinarse, con un milenio de antelación, ante su espíritu ».

La nostalgia de un nacionalismo que reaparece tras unas retóricas populistas y rancias, o la audacia de una Europa por venir, no dentro de mil años, sino mañana, pues el tiempo apremia: esta es la disyuntiva.

Bernard-Henri Lévy
Traducción: José Luis Sánchez-Silva


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