Recuerdos y homenajes- El Pais du 16/05/2010

logo el pais Reunir los « textos autobiográficos » del escritor del siglo XX que, junto a Malraux, más constantemente expresó su reticencia, por no decir su franca aversión, hacia la autobiografía como tal es el extraño, pero no menos hermoso proyecto al que se consagraron -para la Pléiade: colección señera de la editorial Gallimard- Jean-François Louette, Gilles Philippe, Arlette Elkaïm-Sartre y Juliette Simont. Los cuadernos de guerra suceden a Las palabras y abren una nueva perspectiva sobre esta obra. Las notas sobre el turismo e Italia, que tenían que formar la trama de La reina Albemarle, se codean con las elegías a Nizan y Merleau Ponty, que son la prueba, una vez más, de que nunca se habla mejor de uno mismo que cuando se hace frente al espejo del otro. Entre las entrevistas del final se encuentra el célebre Autorretrato a los 70 años, publicado por L’Observateur justo antes de la resurrección final de su autor en el diálogo con Benny Lévy. Una mezcla de recuerdos verdaderos y falsos. Una espiral de mala fe y autenticidad. Vivir sus libros. Escribir su vida. Encauzar la doble aventura de la obra y la existencia y, al mismo tiempo, pretender romper con la « vida interior » y « liberarse », como él decía, de Proust. El modelo Leiris, por supuesto. La confesión como juego. La sinceridad como señuelo. Ahí radica la paradoja sartreana. Y uno de los méritos de los editores -la pertinente reseña de Juliette Simon sobre Los cuadernos…- es haber sabido presentar la extrañeza de ese diario « sin intimidad », de esos recuerdos de un hombre que se pretendía « sin memoria », de la coherencia de una existencia marcada por la ley y la vocación de la infidelidad metódica a sí mismo. Este es el Sartre que yo conozco. Y en estas páginas vemos vivir y reír a ese Sartre stendhaliano, literario, egoísta, a menudo silenciado por un compromiso siempre estruendoso. Bravo. Gracias.
Y, precisamente, en lo que respecta a Proust, hay tres « escenas » que siempre me han intrigado, hasta tal punto que parecen acreditar el férreo axioma sobre la ceguera de los escritores respecto a sus grandes contemporáneos. La de Bergson, que no le encontró otro mérito a su « querido primo » que el de haberle dado a conocer los tapones para los oídos. La de André Breton, corrector de Le côté de Guermantes (El mundo de Guermantes) -corrector en sentido estricto, es decir, de pruebas de impresión-, que integra en la obra las famosas paperoles -anotaciones en papelitos sueltos-, pero parece permanecer ajeno a la inmensidad de la empresa. Y, luego, el encuentro fallido, el 22 de mayo de 1922 -por tanto, pocos meses antes de su muerte-, con ese otro monstruo de paso por París que es Joyce. Pues bien, esta tercera escena, esas pocas horas de las que lo ignoramos todo y en las que de nuevo, y aparentemente, no pasó nada, ese choque entre dos seres consumidos por la literatura que el propio Joyce describió como la antonomasia del desencuentro, y en el que cada uno miraba al otro de arriba abajo sin verlo e ignorándolo casi a propósito, revive ante nuestros ojos gracias a un libro que hoy le devuelve su materia y sus colores. Me refiero a La noche del mundo (Seuil), de Patrick Roegiers, que en el fondo, y en su lugar, ha escrito la doble novela que dos escritores improvisan -incluso, y sobre todo, cuando no parecen hacerlo- siempre que sus trayectorias orbitales los ponen brevemente en contacto al uno con el otro. El radar sin falla del primero, embutido en sus ocho abrigos, pese a los cuales sigue tiritando. El bastón blanco mental del segundo, igual de infalible. Y, en el intervalo, en ese salón del Majestic convertido, en la escena del Ritz, en el teatro de una película interior a dos voces y con un guión tan aleatorio como implacable, ese encuentro tan soñado que tiene lugar por arte de magia de la escritura.
Podría haber sido un personaje de Proust, precisamente. Era, como hubiera dicho Sartre, un individuo « sin importancia colectiva » cuya muerte, imagino, no ocupará sino algunas líneas en los periódicos. Se llamaba François Baudot. Era un viejo amigo al que ya casi no veía, pero cuyo suicidio, a los 60 años, me ha conmocionado. Todavía lo veo, colosal y refinado. Secreto y deslumbrante. Más esnob que un personaje de Thackeray; más incluso que el mismo Thackeray, que despreciaba el esnobismo. Todavía lo veo, desde los años Palace, captando como nadie el espíritu de los tiempos por venir, pero alejándose de él en el instante preciso en el que ese espíritu se convertía en dominante. Todavía lo oigo, en nuestras cenas de verano, insuperable cuando se trataba de pintura italiana o de arte contemporáneo, de la historia de Francia y sus rasgos permanentes o de las claves de los libros de La Bruyère, Saint Simon, Balzac y, de nuevo, Proust. Recuerdo ese « arte de ser pobre », erudito y delicado; recuerdo que este gran dandy sin obra, como debe ser, finalmente, decidió escribir y yo fui un poco su editor. Todavía lo veo, la última vez que nos encontramos, con ese rostro demasiado carnoso, como tumefacto, que ya no parecía de él y en el que yo hubiera debido reconocer el signo de un desacuerdo definitivo con este mundo. Pocos hombres habrán sentido hasta ese punto su época y la habrán detestado tan apasionadamente. Pocos contemporáneos se habrán anticipado como él, François Baudot, a las citas de nuestro tiempo, aunque sin encontrar nunca su lugar en él. Se dice que Saint-Loup murió al saberse reconocido, demasiado reconocido, en En busca del tiempo perdido. ¿Es posible que alguien muera por no haber encontrado su En busca del tiempo perdido y por no haber dejado de ser, hasta el final, un personaje en busca de empleo? Una especie de Charles Haas que no hubiera encontrado a su Proust, que nunca hubiera podido convertirse en Swann y hubiera sufrido por ello una irremediable tristeza.
Bernard-Henri Lévy

Traducción: José Luis Sánchez-Silva


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