Regreso a Bengasi (El Pais, 17 avril 2011)

logo el paisLa actitud de Turquía, opuesta desde el primer día a la resolución 1973 y, lo reconozca o no, partidaria de apoyar a Gadafi, es vergonzosa.
La actitud de Argelia, país en el que los insurgentes volvieron a interceptar en pleno desierto unas camionetas cargadas de mercenarios y para el que la « solidaridad árabe » -su leitmotiv desde hace cincuenta años- significaba en realidad « solidaridad con los dictadores árabes », es una vergüenza.

La actitud de Egipto, que dispone de un ejército superpotente en la frontera libia -el segundo de la región, después del israelí- cuyos carros de combate podrían romper las líneas de Gadafi en unas horas y liberar a las poblaciones martirizadas de Misrata, Zauiya, Zentan y Trípoli, que no cometieron más crimen que el de querer ajustar sus relojes a la hora de la plaza de Tahrir y respirar el viento de rebelión que soplaba desde El Cairo, es, si no vergonzosa, al menos inexplicable.

La actitud de la Liga Árabe, que, nunca lo repetiremos bastante, estuvo detrás de la llamada de socorro que, tras una votación histórica en la ONU, condujo a la comunidad internacional a apoyar la lucha del pueblo libio, y desde entonces parece atrapada en un proceso de reevaluación constante de su gesto, como si se arrepintiese de su audacia y quisiera pedalear hacia atrás, desgraciadamente no es inexplicable, sino que se corresponde con lo que se adivinaba desde la caída de Ben Ali: el pánico que siente la santa alianza de Estados petroleros de la región hacia el estallido de una primavera árabe que, en el fondo, desearían ver detenerse a las puertas de Trípoli.

La actitud de Estados Unidos, que entró en esta guerra de liberación arrastrando los pies y ahora la está abandonando de puntillas, y la actitud de Obama, del que aquí, en Bengasi, se empieza a sospechar que fantasea con un nuevo Daytona, es decir, con un acuerdo de partición que, como en 1995 en Bosnia, permita nadar y guardar la ropa, mostrarse imparcial con víctimas y verdugos y ratificar el equilibrio de fuerzas militar que han ayudado a alcanzar sobre el terreno, no tienen sentido en absoluto. ¿Cómo se puede, con la historia como testigo, proclamar solemnemente que Gadafi debe irse, que ya no tiene legitimidad para gobernar ni para representar a su pueblo y hacernos entender ahora que tampoco se puede morir, perdón, pagar por Bengasi? ¡Ah, el precio de los Tomahawk…!

La postura de la Unión Africana, que en los últimos años no ha escatimado esfuerzos para resolverle la papeleta al criminal de Estado sudanés Omar el Bashir y en las últimas semanas ha intentado hasta el último minuto salvarle la cara a Gbagbo, el carnicero de Costa de Marfil, y la actitud de estos emisarios congoleños, malienses y mauritanos, a los que veo llegar a Bengasi en el preciso instante en que escribo estas líneas para predicar la palabra del buen coronel ante un Consejo Nacional de Transición anonadado, es un insulto a los valores de África y a sus compromisos de antaño. ¿Acaso pretenden que creamos que el anticolonialismo de Senghor y Césaire, el combate de Lumumba y luego Mandela, el pensamiento de Franz Fanon, que llamaba al hombre africano a sacudirse el yugo y a liberarse de la tiranía, se reducen, cincuenta años después, a esa retórica lamentable sobre el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, a su vez reducido al derecho de los tiranos a disponer de sus pueblos?

El funcionamiento de la OTAN, sus estructuras de mando, sus modalidades operacionales y sus chapuzas suscitan aquí, sobre el terreno, terribles interrogantes, entre los que me temo que hay algunos muy justificados: « ¿Cómo? », me pregunta uno de los jóvenes comandantes que defiende, a las puertas de la ciudad fantasma de Ajdabiya, el último puesto que impide que los mercenarios de Trípoli arremetan de nuevo contra Bengasi, « ¿los aviones de la coalición han podido confundir nuestra última y preciosa columna de carros de combate con una de las de Gadafi y, por tanto, bombardearla? ». « ¿Cómo se explica? », se enfurece el general Abdel Fattah Younés, el antiguo ministro del Interior que se unió a la revolución y, mientras Gadafi aumenta cada día la recompensa que ofrece por su cabeza (dos millones y medio de dólares, hasta la fecha), intenta organizar cueste lo que cueste las fuerzas armadas de la Libia libre; « sí, ¿cómo se explica? », me dice mientras me lo demuestra en la sala de mando de su cuartel general, apoyándose en mapas e informes, « ¿que el mando aliado necesite una media de siete u ocho horas para procesar la información que le proporcionamos sobre los movimientos del enemigo? ». Siete u ocho horas es más de lo que los objetivos necesitan para moverse, fundirse entre la población, desaparecer.

Quedan Qatar, el Reino Unido y, por supuesto, Francia, cuya determinación y cuyo gesto salvífico no dejo de oír alabar desde que estoy aquí: sin Francia, me dicen en todas partes, sin « monsieur Sarkozy y el pueblo del general De Gaulle », sin ese primer ataque aéreo francés que el sábado 19 de marzo frenó en seco a los primeros carros en la puerta sur de la ciudad, nada ni nadie habría podido impedir que se derramaran los « ríos de sangre » que prometió Seif el Islam, el hijo loco de Gadafi.

Pero ¿será suficiente con Francia en esta ocasión? Una vez más, quedan cinco minutos para la medianoche en Bengasi.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.


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