El último fantasma de Marienbad – El Pais du 30/05/2010

logo el paisEs una de las historias más extrañas y hermosas del cine contemporáneo.
Todo el mundo conoce El año pasado en Marienbad, la obra de culto de Alain Resnais escrita por Robbe-Grillet y rodada hace exactamente cincuenta años.
Pues bien, resulta que en el rodaje de esta película participó una joven actriz, hoy olvidada, que se llamaba Françoise Spira.
Por supuesto, no interpretaba el papel principal, pues este corrió a cargo de Delphine Seyrig.
Ni siquiera uno de esos « papeles secundarios » oficiales que le dejan a uno el recuerdo de una o varias secuencias inolvidables.
Sin embargo, estuvo allí, desde el principio hasta el final del rodaje, armada de una cámara súper 8 sin toma de sonido con la que filmó la película, captó los momentos de excepción y los instantes de incertidumbre, los lapsus de uno, las vacilaciones de otro, la risa gratuita de un tercero, el frío, la bruma, los travelling imposibles, los trucos del director de fotografía para simular una sucesión aún más larga de corredores, las ingenuidades de la actriz, la timidez de la jovencísima Florence Malraux, entonces esposa de Resnais y script de la película, por no hablar de ese « incidente » extraordinario y, me parece, desconocido hasta la fecha, que fue la excursión dominical del equipo a Dachau. Desde su rincón, y sin llamar la atención, filmó el making of de la película más voluntariamente hierática, artificiosa, sin trepidación, génesis ni pasado; en resumen, la más susceptible en la historia del cine moderno de disuadir a cualquiera de la idea misma de su realización y de un making of.
Françoise Spira se suicida poco después.
Y su making of desaparece con ella.
Durante casi cincuenta años, los iniciados lo buscan en secreto, como Harrison Ford el arca perdida.
Ya al final de su vida, el mismo Alain Robbe-Grillet llega a dudar de su existencia, un día en que lo evocamos durante el rodaje en Marraquech de Es Gradiva quien os llama.
Hasta que, en 2008, después de su muerte, el objeto resurge como por milagro, gracias al último compañero de la joven suicida, Jean-Baptiste Thierrée, que lo encuentra en un sótano, se lo entrega a Catherine, la viuda de Alain, y ésta lo cede, con el resto de sus archivos, al Institut Mémoires de l’Édition Contemporaine, dirigido por Olivier Corpet, que, a su vez, me lo confía para su difusión en la web de mi revista, La Règle du Jeu (laregledujeu.org).
Restauración de las imágenes, deterioradas por décadas de estancia en el purgatorio del cine.
Selección de un montador para darle cierto orden y sentido a esas diez bobinas mudas y, cuando nos llegan a Corpet y a mí, rigurosamente ininteligibles.
Y, sobre todo…, sobre todo, nos viene a la memoria que un tal Volker Schlöndorf, que por aquel entonces no era sino otro joven debutante, fue el segundo asistente de Alain Resnais, y vamos a su encuentro para pedirle que visione las imágenes y nos diga lo que aún evocan para él.
Schlöndorf, en principio escéptico, redescubre (lo que no es demasiado sorprendente, tratándose del realizador de Un amor de Swann y, por tanto, de uno de nuestros proustianos más eminentes) los milagros de la memoria que vuelve por sus fueros. Esas imágenes en blanco y negro y, lo repito, sin sonido (y, en consecuencia, completamente indescifrables para cualquiera que no estuviese presente en el rodaje), reaparecen ante él con la fuerza y la frescura del primer día. Y, así, redacta en unas horas, febrilmente, un comentario a la vez libre, divertido y preciso, que sigue paso a paso las secuencias, cuenta lo que se ve en ellas, lee en los labios de Alain Resnais, descifra una rabieta de la Seyrig y vuelve accesible lo que hasta ese momento era para nosotros una especie de Lineal B.
Una vez ajustado el comentario, resulta una película de casi una hora -y de una singularidad absoluta-: la copia frágil y, por eso mismo, tanto más conmovedora, de El año pasado en Marienbad. Pero se trata de una película realmente nueva que narra los entresijos de esa obra maestra hecha de corredores, espejos, altas y antiguas balaustradas, y diálogos hieráticos y escritos hasta el más mínimo suspiro, que parece enteramente fabricada para hacer olvidar, precisamente, que haya podido haber nunca algo parecido a entresijos, vacilaciones o remordimientos.
He aquí, pues, esta película, que tras una emisión « codificada » en La Règle du Jeu y luego una proyección única en el Museo del Jeu-de-Paume, de París, llega a Nueva York para una proyección también única que organizamos mi amiga Diane von Furstenberg y yo en beneficio de la Maison Française de la Universidad de Nueva York, en la que precisamente Alain Robbe-Grillet enseñó hasta el final de su vida.
Los cinéfilos de Nueva York han acudido a la cita.
Algunos, como Joe Lally, o el biógrafo de Godard, Richard Brody, lloran de emoción.
La gracia de estas imágenes, su alegría, la impresión de juventud que desprenden, son tan conmovedoras, sobre todo tratándose, una vez más, de una película supuestamente hostil al « movimiento que altera las formas », que la asistencia se queda sin habla.
Ignoro cuándo ni dónde podremos exhibirla de nuevo.
Ni siquiera sé qué lugar puede corresponderle aún en los circuitos demasiado convencionales de la distribución contemporánea.
Y tal vez es bueno que así sea: ningún lugar en absoluto, proyecciones efímeras, fantasma de una gran película, tal vez de nuevo La Règle du Jeu.
Ahí está, terrible y elegante, surgida del limbo e infinitamente encantadora. Ya veremos.
Bernard-Henri Lévy
Traducción: José Luis Sánchez-Silva


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