Escenas de la vida francesa, de B.-H. Lévy – El Pais 28/02/2010

logo el paisHaití merecía algo más que esas cuatro horas, reloj en mano, que duró la visita de Nicolas Sarkozy. Uno no puede evitar pensar en George Bush sobrevolando Nueva Orleans a bordo de su Air Force One poco después del huracán Katrina. Ni echar de menos una acción memorable, un símbolo, un gran gesto o, incluso, uno pequeño; una noche, por ejemplo, una simple noche pasada en la tierra haitiana siniestrada, una visita a Jacmel, a 20 kilómetros de Puerto Príncipe, donde la devastación es total y adonde aún no llegan los socorros. Sí, se echa de menos algo así. Cómo no pensar en la repercusión que ese gesto habría tenido. Cómo no imaginar el consuelo que habría supuesto para un pueblo que lo ha perdido todo; todo, salvo los ojos para llorar y el recuerdo de esa historia larga, dolorosa, complicada y paradójica que es la de las relaciones de su país con Francia -y que evocó el presidente René Préval-. En vez de eso, como digo, tan sólo cuatro horas (menos que en Martinica y Guadalupe). En vez de eso, unas sacudidas del aire en torno al helicóptero presidencial como respuesta a unas sacudidas de la tierra sin precedentes en los últimos tiempos (no hay que dejar de recordarlo, ni de intentar dar a las cifras toda su carga de sangre y dolor: 217.000 muertos, 217.000, y un millón de personas sin hogar). En vez de eso, amargura, decepción y esta primera visita, sí, primera -es increíble, pero cierto: se trataba de la primera visita de un presidente francés desde la independencia de la isla-, que deja la penosa sensación de haber sido una hermosa ocasión desperdiciada. Entre la embajada y el Instituto Francés -y, es cierto, algunos minutos en el Campo de Marte, que es el parque en el que, en pleno centro de la ciudad, se amontonan las personas sin hogar-, es como para preguntarse si el presidente realmente llegó a salir de Francia.

No valía la pena posarse en los hombros de Lautréamont y Rimbaud, ni dárselas de aficionado a la poesía, ni menos de poeta, ni presumir de caballerosidad, ni dejarse llevar por el lirismo o las grandes maneras, para luego terminar con un gorro en la cabeza y un lechón en los brazos, y preguntar entre risas ramplonas a una asistencia no menos risueña: « Les recuerda a alguien, ¿verdad? », antes de añadir: « ¡A mí también! » y, para dejar las cosas claras y que nadie vaya a pensar que ha sido un lapsus: « Ha comprendido perfectamente (el lechón) que ha entrado en la historia gracias a ustedes ». Porque Dominique de Villepin (pues se trata de él) puede decir lo que quiera: por mucho que, desde la difusión de esas imágenes, asegure que no pensaba en X, sino en Y, y sea quien sea la persona en la que efectivamente pensaba, sus palabras son inaceptables. Ya se trate de Nicolas, Christian o Perico de los Palotes, por principio, nunca se compara a un hombre con un cerdo. Dado que el cerdo es en casi todas las culturas (incluidas las cristianas, en las que, queramos o no, representa el reverso sombrío del cordero) esa « bestia singular » de la que hace 15 años hablara Claudine Fabre-Vassas en un hermoso libro aparecido en Gallimard, y que simboliza la mezcla de la suciedad y la impureza, esa comparación es, de todas formas, una infamia. Alguien dirá que la imagen del « gancho de carnicero » empleada contra Villepin por el propio Sarkozy tampoco era de lo más brillante en su especie. Es cierto. Pero responder a una cosa con la otra es ir un paso más allá en la obscenidad. Extraño, este retorno del discurso animalesco a la política. Inquietante, esta nueva insistencia, desde la ultraizquierda francesa (las « ratas » de Alain Badiou), hasta la derecha bonapartista (el « cerdo » de Villepin), en animalizar al adversario. Y sintomático -por no decir otra cosa- que Nicolas Sarkozy sea siempre el primer objetivo.

Y luego, el caso Frêche… Teniendo en cuenta la habilidad del presidente de la región de Languedoc-Roussillon para dar la vuelta en su favor a la indignación que suscitan sus declaraciones, es como para pensárselo dos veces antes de volver sobre el caso Frêche. Pero cuando el alcalde de Lyon va, con gran cortejo y boato, a visitarlo a su noble ciudad de Montpellier; cuando otro alto cargo socialista, Vincent Peillon, declara que, a sus ojos, este delicado personaje sigue siendo un « humanista »; cuando un responsable de la talla de Pierre Moscovici va más allá y afirma que si tuviera que escoger, en la segunda vuelta, entre Frêche y el candidato de una derecha liberal cuyas chances está reforzando con sus propias declaraciones, escogería a Frêche, es difícil no concluir que asistimos a una idéntica pérdida de puntos de referencia. Ignoro -y me da igual- si el señor Frêche es o no racista y antisemita. Pero salta a la vista que tildar a los harkis de « infrahumanos », referirse a la « jeta no muy católica » del antiguo primer ministro Laurent Fabius -por otra parte, de origen judío- o deplorar el número de negros que hay en la selección francesa de fútbol forma parte de una retórica que no se puede reducir a la « franqueza » de un languedociano exuberante y pintoresco sin insultar a la inteligencia de toda la región. Martine Aubry, primera secretaria del Partido Socialista francés (PS), ha sabido encontrar las palabras adecuadas para desmarcarse -¡por fin!- de este lepenismo rosa. Pero ¿cuántos serán los que se anden con rodeos? ¿Y los que consideren que la virtud sólo dura un tiempo o, más exactamente, una vuelta? ¿Y los que prefieran los cálculos partidistas a la ética y, en nombre del respeto debido a la franqueza del pueblo en los cafés, los movimientos estratégicos a los valores cuya custodia les corresponde? Qué fácil es hablar de « franqueza ». Y la verdad es que a base de repetir como loros: « ¡Muerte a la jerga política! ¡Muerte a la jerga política! » estamos dando rienda suelta a una indecencia generalmente no verbalizada y que, precisamente, la palabra pública debería contener. Tanto a izquierdas como a derechas, de lo que aquí se trata es de la nobleza de la política. Y de una nobleza que, como siempre, comienza con la nobleza, o no, de las palabras.

Bernard-Henri Lévy
Traducción: José Luis Sánchez-Silva


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