Historias de amor y muerte, de B.-H. Lévy – El Païs 3/10/2010

logo el paisXavier Beauvois es un amigo. De hecho, en mi mente, pertenece a aquella pequeña hermandad que, antaño, hace ya cerca de tres lustros, se embarcó (sin renegar de ella jamás) en la aventura de Le Jour et la nuit -El día y la noche-, mi película. ¿Debería renunciar por ello a expresar la emoción que me ha producido su propio filme, De hombres y dioses, sobre los últimos días de los monjes franceses de Tiberine, Argelia, asesinados por los islamistas en 1996? Pero no se trata de Argelia. En realidad, no es una película ni sobre Argelia ni sobre el terrorismo; ni siquiera sobre esa otra persecución planetaria que sufren los cristianos y de la que hablaba la semana pasada en una entrevista concedida a un diario español. No. Es una película sobre la santidad. Sobre el tiempo de la santidad. Es una película que muestra el día a día de siete existencias capturadas en ese tiempo congelado, casi puro, sin eventos, que es el otro nombre de la santidad. La proximidad de los asesinos. La espera -para nosotros, los espectadores, más insoportable a cada segundo que pasa, y para ellos, los siete monjes, fuente de un fervor intenso-. Los rostros impasibles durante la comida final. El alma sin defensa y, sin embargo, invencible. El fuego languideciente de una vida y la capilla ardiente de los corazones. La duda, a veces. La paz, finalmente. Los contornos difusos del pensamiento cuando llega la última secuencia y hay que aceptar, con una mezcla de pavor y coraje, seguir a los asesinos. La plegaria, que se hace casi inútil y que Beauvois, en todo caso, deja de filmar -o eso me parece-. La lentitud, sobre todo. La tierra y el cielo en llamas, y el tiempo, que, no obstante, se detiene. Pocas veces una película habrá sido tan lenta, tan apasionada y espiritualmente lenta y, a pesar de todo, tan palpitante.
Michel Houellebecq es otro amigo. Y, hace poco, publicamos un libro juntos: Enemigos públicos. ¿Debería esto impedirme expresar aquí, después de tantos otros a los que no quise adelantarme, mi admiración por El mapa y el territorio, su última novela, en la que, en mi opinión, alcanza la cumbre de su arte? Ausencia, esta vez, de toda piedad. Luto por toda santidad. El triunfo del mediocre, del indiferente, del neutro. De las existencias fracasadas. La derrota de la lengua como patrón oro del sentido. La falsa moneda del arte precisamente en el corazón del relato. Y luego, de repente, dos acontecimientos. El Padre, primero. Esa extraña figura de Padre, inaccesible y familiar, oculto y, no obstante, sin misterio. Ese padre como una casa vacía con sus secretos imperceptibles, sus cámaras acorazadas abiertas de par en par y esos dédalos de la ascendencia en los que, por primera vez, Houellebecq parece querer adentrarse. Y, luego, él, el autor, la aparición del propio autor, sorprendido en su exilio irlandés, que parte la novela, quiebra su trayectoria -hasta entonces, perfectamente clásica- y la reactiva, pero de otro modo, según una curva imprevista. ¿Houellebecq? ¿De veras es él? ¿O su doble? ¿O el fantasma de su doble? ¿O, tal vez, un extraño que, como el diablo, ese otro doble, ha adoptado su apariencia? Ustedes verán. Esa es la sorpresa. Tan solo deben saber que la muerte está ahí, forzosamente, puntual a la cita. Esa muerte que, como de costumbre, conoce todos los trucos, los disfraces, los escondites. Esa muerte que nunca está más cerca que cuando uno cree poder ser más listo que ella. ¿Acaso una gran obra, decía Gracq, no es siempre una forma de entierro?

Theo van Gogh, el cineasta apuñalado y luego degollado por un islamista de Ámsterdam en 2004, tenía una visión del mundo y del islam que no comparto. Pero, en una de sus obras, Interview, que ha puesto en escena Hans Peter Cloos y hoy puede verse en la sala Studio de los Campos Elíseos, Patrick Mille -que es más que un amigo, pues es mi yerno- representa uno de los papeles principales frente a la radiante Sara Forestier. ¿Voy a abstenerme por ello de recomendar uno de los espectáculos más interesantes de esta rentrée teatral parisina, por lo demás bastante insulsa? Un gran reportero de vuelta de todo y una joven estrella ya en la cuerda floja. El espectáculo. Sus leyes. Sus ritos, sus altares burlescos, su cinismo, su carnaval. Y lo humano, de pronto, como un naufragio que ya ha tenido lugar. Vidas no tanto minúsculas como superfluas. La mentira como una segunda naturaleza. El mundo como una consecuencia definitivamente privada de causa. La memoria de los hombres convertida en una especie de pajarera en la que unos recuerdos vagos, inusitados (Sarajevo, o una pistola serbia en el tímpano, en el caso del protagonista; un episodio de una telenovela, en el de la protagonista), chocan como pájaros enjaulados. Y luego, un lapsus por aquí. Una palabra que suena verdadera por allá. E incluso un sentimiento que se agita y quiere prevalecer. El amor, claro. El buen y viejo amor que vuelve « a paso de paloma » y acaba imponiéndose poco a poco. Un amor extraño. Un amor casi homónimo de lo que se llamaba así antes de estos tiempos de poshumanidad y pensamiento terminal. El amor como un arte marcial. El amor como una derrota anunciada para todos. Un amor en el que cada uno se asegura de no mostrar sus cartas hasta cerciorarse de no tener una mano ganadora. Pero amor al fin y al cabo, con sus palabras devoradoras, su voz de las entrañas y los sobresaltos del corazón. Pero las cosas se tuercen. Uno siente que, una vez más, la muerte está a punto de ganar. Si buscamos la imagen exacta de aquello en lo que, en cierta medida, nos ha transformado a todos la religión del nihilismo, ahí está. ¿Cómo no recordar las palabras de Sade? « Si el ateísmo necesita mártires, solo tiene que decirlo, mi sangre está lista ».

Bernard-Henri Lévy

Traducción: José Luis Sánchez-Silva


Tags : , , , , , ,

Classés dans :,