La voz de Marie-France Pisier (El Pais, 05/06/2011)

logo el paisSu voz penetrante y clara.

Su voz luminosa y fuerte.

Esa voz aguda que bajaba en cascadas hasta la risa.

Esa voz que partía de la cima, de las zonas elevadas del espíritu, esa voz que tomaba impulso y llegaba, luego, hasta nosotros.

Era una voz de pensamiento, como se habla de « voz de cabeza ».

Era una voz que sonaba entonada, como todas las voces inteligentes.

Pero era también una voz física, vibrante de sexualidad, una voz de fuego; la voz del cine francés cuyos armónicos han conmovido a todos los Antoine Doinel (personaje cinematográfico creado por el director francés François Truffaut) de la vida de Marie-France: ¿acaso no decía, como Madame du Deffand, que solo las pasiones hacen pensar e, inversamente, que el pensamiento alimenta las pasiones?

Era una voz que sonaba ajena, extraña y adorablemente falsa -ese arte de lo falso en las grandes actrices cuando se deslizan en la voz de otra, cuando la infiltran y, a su vez, se les incorporan, al dejarla, puntos de melodía: ¿no había alrededor de Marie-France sombras de voz, voces flotantes, que parecían prestadas de otras? Y es verdad que eran prestadas, de sus dobles de la ficción, de sus hermanas de cine, que nunca la abandonaban del todo.

Recuerdo la época en que le quedaba, hiciera lo que hiciera, como una libertad suplementaria, un poco de su voz traviesa y pícara de Barocco.

Recuerdo ese curioso timbre, demasiado preciso, demasiado distinto, un poco frío, que le había dejado su papel en La banquera.

Recuerdo su Tonterías, tonterías como una larga ola de irreverencia e insolencia cuyo eco resonaba, como una pista fantasma, en una conversación erudita o en un mitin político, y seguía siendo muy divertido.

Y esa fiebre contraída con las Brontë y de la que no es seguro que llegase a curarse nunca.

Y esa tonalidad canalla que conservó durante algunas semanas, tal vez más, tras su genial interpretación de la Madame Verdurin de El tiempo recobrado, y que tan bien le sentaba.

La voz de Marie-France, su verdadera voz, era chispeante y traviesa.

Espiritual y grave.

Era una voz firme, categórica, a imagen de la intelectual que también era; y sin embargo, era desenvuelta, todo dudas y piruetas, « qué va, no es tan grave, no hay que montar una historia por eso », y aquí es la escritora quien habla, la novelista exigente de la que un día recibí con tanta dicha Le bal du gouverneur y luego Je n’ai aimé que vous.

Era una voz sin réplica, literalmente desarmante. Era una de esas voces con las que es mejor no vérselas: voz contra voz, era siempre ella quien triunfaba y cuidado con intentar disputarle su reinado. Pero, al mismo tiempo, era una voz encantadora y poética, llena de fantasía y que sabía ser dulce.

No es tan frecuente, una voz.

¿Hay tantas mujeres a nuestro alrededor cuya voz sea la culminación de su apariencia?

¿Cuántas son, en este siglo sin voz, las que afirman eso que Barthes, su vecino y amigo, llamaba la « textura de una voz »?

Recuerdo la primera vez que oí esa voz ácida y generosa, picante y seductora, única. Fue hace treinta y cinco años. Entonces se trataba de un rico heredero a quien su padre le había regalado un periódico, en vez de un deportivo. Pero ella tuvo enseguida la elegancia de reírse de sí misma, como si su voz fuera un arma que a veces se volvía contra ella.

Recuerdo la última vez que hablamos por teléfono, no hace mucho tiempo. Las mismas inflexiones. La misma curva cantada. La misma fragilidad, que los años no habían curtido. Ella se burlaba de la pequeña comedia que adivinaba tras los grandes compromisos y, al mismo tiempo, los animaba. ¿Acaso no participó en todos los grandes combates de las mujeres de su tiempo? ¿No prestó su voz a la escritora más comprometida del siglo XX?

A veces le temblaba la voz, como si tuviera frío. Eran solo sus demonios que volvían.

Otras veces, su voz exultaba como las tierras ardientes de su infancia. Pero tal vez era demasiado y uno percibía una sobretensión que la desgastaba, una electricidad imposible de cortar que, en las horas grises, debía de dejarla agotada.

En su voz había épocas y, por tanto, una nostalgia oculta.

En su voz estaba todo aquello que ella había perdido, como cada uno de nosotros, pero ella nunca había hecho su duelo -sus maestros cinematográficos, Paula.

Estaba todo lo que su hermosa vida había ido añadiendo: el amor de su marido, los rostros de sus hijos, la eterna fidelidad de sus amigos.

Esa voz que, más aún que su sonrisa, casi más que su mirada, se aferra a ella en mi recuerdo; esa voz viva, pero ahora sin eco, que vibra en el silencio, la echamos de menos.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.


Tags : , , , ,

Classés dans :,